

LA PARADOJA LABORAL
Por Meliza Sandoval Laureano │ Mell SLaure™ │ 11 de julio, 2026
Durante décadas nos vendieron una idea sencilla: consigue un trabajo y saldrás adelante. En 2026, esa promesa se está rompiendo para cientos de millones de personas en todo el mundo.
Según el informe Tendencias del Empleo y Sociales 2026 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el panorama laboral global muestra una paradoja incómoda: el empleo general se mantiene estable, pero la calidad del trabajo no mejora, y la desigualdad se profundiza. Detrás de las cifras optimistas de "bajo desempleo" que suelen repetir los gobiernos, hay una realidad mucho más dura.
El desempleo, como indicador, se queda corto. La OIT introduce un concepto más revelador: la "brecha laboral global", que mide a todas las personas que quieren trabajar remuneradamente pero no logran acceder a ese empleo, ya sea porque no lo encuentran o porque se dieron por vencidas en la búsqueda. Esa brecha alcanzará los 408 millones de personas a finales de 2026.
Es una cifra que multiplica varias veces al desempleo "oficial" y deja claro algo importante: hay mucha más gente que quiere trabajar de la que reflejan las estadísticas tradicionales.
Pero el dato que más debería incomodarnos no es ese, sino que casi 300 millones de personas en el mundo trabajan y, aun así, viven en pobreza extrema. Trabajan todos los días, cumplen un horario, tienen una ocupación... y no logran cubrir sus necesidades básicas.
A esto se suma otra cifra difícil de digerir: 2.100 millones de personas —más de una cuarta parte de la población mundial— trabajan en la informalidad, sin acceso a derechos básicos, protección social ni seguridad de ingresos. Sin aguinaldo, sin vacaciones pagadas, sin seguro médico, sin certeza de si mañana seguirán teniendo ingresos.
Y aunque la inflación de los últimos años ha comenzado a ceder en varias economías, los salarios reales todavía no logran recuperar lo perdido. Es decir: la gente sigue ganando, en términos reales, menos de lo que ganaba antes de la crisis inflacionaria, mientras el costo de vida no ha vuelto atrás.
Otro hallazgo relevante del informe es que las trayectorias laborales se están separando según el nivel de ingreso de cada país. En las economías de ingresos altos y medio-altos, el envejecimiento poblacional y el menor crecimiento de la fuerza laboral están ayudando, casi por casualidad, a mantener bajo el desempleo, aunque la creación de empleo siga siendo modesta.
En cambio, en los países de bajos ingresos, la productividad crece muy lentamente, lo que limita las posibilidades de que sus economías converjan con las más ricas o de que sus trabajadores mejoren su calidad de vida. El proceso de que los trabajadores pasen de empleos informales y de baja productividad hacia sectores mejor pagados y más formales —lo que los economistas llaman "transformación estructural"— se ha frenado notablemente en las últimas dos décadas.
La desigualdad no solo se mide entre países, sino también dentro de ellos. Las mujeres representan apenas dos quintas partes del empleo mundial y tienen un 24,2% menos de probabilidades que los hombres de participar en la fuerza laboral. Es una brecha que persiste año tras año, más allá de discursos de igualdad que no siempre se traducen en oportunidades reales.
A esta fotografía, tomada antes de que la inteligencia artificial generativa se instalara en la vida cotidiana, hay que sumarle una variable que está reescribiendo las reglas del juego a toda velocidad. Una encuesta realizada en marzo de 2026 entre trabajadores estadounidenses encontró que uno de cada cinco empleados de tiempo completo afirma que la IA ya reemplazó parte de sus tareas. Y un estudio del MIT proyecta que hasta el 12% de los puestos de trabajo en Estados Unidos podrían automatizarse este mismo año, un impacto equivalente a 1.200 millones de dólares en salarios.
Las cifras varían según quién las calcule —Goldman Sachs habla de hasta un 25% de las tareas laborales globales automatizables, mientras McKinsey eleva la proyección a un rango del 60% al 70% en ciertas categorías—, pero todas apuntan en la misma dirección: la automatización ya no es una amenaza futura, es un proceso en marcha.
Sin embargo, quienes llevan años observando estas transiciones tecnológicas advierten que conviene matizar el pánico. La historia reciente —internet, la subcontratación global, la automatización industrial— muestra un patrón que se repite: las tareas se transforman, los roles se redefinen, y aunque algunos empleos desaparecen, también surgen otros que antes no existían, como entrenadores de modelos de IA, especialistas en ética algorítmica o estrategas de colaboración humano-máquina. Los oficios que dependen del contacto humano directo o de la destreza física en entornos impredecibles —salud, educación, oficios manuales especializados— siguen mostrando una resistencia notable a la sustitución.
En paralelo, está emergiendo otro fenómeno que también reconfigura qué entendemos por "trabajar": una economía digital, donde cada vez más personas migran del empleo tradicional hacia modelos de ingresos por internet —cursos en línea, contenido, infoproductos—, buscando en la autonomía lo que el mercado laboral formal ya no les garantiza.
La pregunta que queda abierta y no tiene una respuesta sencilla: ¿estamos ante una transición dolorosa pero temporal, similar a las que ya hemos vivido con otras revoluciones tecnológicas, o ante algo distinto, porque esta vez la disrupción llega directamente al trabajo cognitivo, el que hasta ahora parecía el más protegido?
¿Y ahora qué?... El propio informe de la OIT es claro al señalar que no hay una solución mágica ni rápida. Con un crecimiento económico global moderado y un financiamiento externo bajo presión, buena parte de la respuesta dependerá de las decisiones de la política interna de cada país: fortalecer la creación de empleo, invertir en la formación de habilidades, ampliar la protección social y reforzar las instituciones laborales, especialmente para proteger a los trabajadores y a las pequeñas y medianas empresas.
Son medidas que suenan técnicas, casi burocráticas, pero que en la vida real se traducen en algo muy concreto: trabajar duro ya no alcanza para vivir dignamente.
Porque quizá la pregunta que este informe nos deja no es solo cuántos empleos se crean en el mundo, sino qué tipo de empleos son y si de verdad le permiten a la gente construir una vida estable. Por ahora, para cientos de millones de personas, la respuesta sigue siendo NO.

Imagen IAG
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