

Creer Diferente Cuesta la Vida
Por Meliza Sandoval Laureano │ Mell SLaure™ │ Julio 14, 2026
En tiempos de sobreinformación, las verdaderas crisis humanitarias suelen quedar sepultadas bajo titulares diseñados para el consumo rápido. Esta semana, parte del mundo occidental centró su atención en una polémica que parece rozar lo increíble: la Asociación Internacional de Exorcistas en Italia lanzó una advertencia contra el uso del Reiki como práctica complementaria en espacios de bienestar para pacientes oncológicos, calificándolo como un “peligro insidioso”.
Mientras en Europa se discute si una técnica de relajación y manejo de energía amenaza la doctrina institucional, los datos globales revelan una realidad más oscura y urgente: en distintas regiones del mundo, creer diferente sigue siendo motivo de hostigamiento, cárcel, tortura o muerte.
La verdadera guerra religiosa no se libra en los pasillos de un hospital italiano por el control simbólico de una “habitación del bienestar”. Se libra con balas, fuego, censura y represión de Estado.
De acuerdo con la Lista Mundial de la Persecución 2026, elaborada por Puertas Abiertas, entre el 1 de octubre de 2024 y el 30 de septiembre de 2025 fueron asesinados 4,849 cristianos por motivos relacionados con su fe. Aunque el informe se enfoca específicamente en la persecución contra cristianos, el dato revela una realidad más amplia y dolorosa: en demasiados lugares, aún, pensar y creer diferente se vuelve motivo de persecución.
El 93% de esas muertes ocurrió en África subsahariana, con Nigeria como principal epicentro de la violencia. Al mismo tiempo, regímenes como Corea del Norte, Somalia y Yemen mantienen estructuras de persecución contra quienes no se alinean con el pensamiento religioso o ideológico dominante. Incluso en América Latina, países como Nicaragua, Cuba, Colombia y México aparecen en índices de hostilidad, donde la presión contra líderes comunitarios de fe puede mezclarse con represión política, crimen organizado o violencia social.
El contraste entre ambos escenarios expone una tensión incómoda: mientras algunas instituciones dogmáticas concentran su energía en vigilar prácticas espirituales ajenas a su control, miles de personas enfrentan persecución real por profesar una fe distinta, cambiar de creencia o simplemente negarse a obedecer una doctrina impuesta.
Para ciertos sectores, la conexión humana con lo que trasciende no es un territorio íntimo, sino un espacio de poder. Si el consuelo ante una enfermedad, el sentido de comunidad o la búsqueda espiritual no pasan por sus ritos, sus intermediarios o sus reglas, entonces se les mira con sospecha. Esa vigilancia de lo invisible termina convirtiendo la fe en frontera y la diferencia en amenaza. Sancionar, discriminar o asesinar a alguien por creer diferente nace de la misma raíz: la pretensión de imponer una sola forma legítima de entender lo sagrado, lo moral o lo verdadero. La escala cambia, pero el mensaje de fondo se repite: tu conciencia es una amenaza para mi control.
El respeto a la creencia individual no es una concesión; es un derecho humano reconocido internacionalmente desde 1948 en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su artículo 18 establece la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, incluida la posibilidad de cambiar de religión o de creencia. La espiritualidad —ya sea desde una religión organizada, una práctica energética, una convicción filosófica o una postura secular— pertenece, ante todo, a la conciencia de cada persona.
Es momento de elevar el estándar del debate público. Mientras prestemos nuestros espacios periodísticos a las batallas territoriales de quienes se sienten dueños del mundo invisible, corremos el riesgo de darle la espalda a quienes hoy pagan con su libertad, su cuerpo o su vida el simple acto de creer diferente. La libertad religiosa no se defiende solo cuando coincide con nuestras creencias; se defiende, sobre todo, cuando protege la conciencia del otro.

Restricciones Globales a la Libertad de Religión

Imagen IAG
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