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La niñez y la inteligencia artificial
“La nueva era ya comenzó”

Por Meliza Sandoval Laureano │ Mell SLaure™ │ Mayo 22, 2026 

Una niña que nació este año y, aunque todavía no lo sabe, su infancia será muy distinta a la que conocimos muchos de nosotros. Pienso en ella y me pregunto con quién va a aprender a nombrar el mundo. Tal vez no solo con su mamá, su papá o su abuelita, sino también con una pantalla, con un asistente virtual o con una inteligencia artificial capaz de responderle con una paciencia inagotable, de reconocer ciertas emociones e incluso de adelantarse a lo que necesita antes de que encuentre las palabras para decirlo.

Esa niña forma parte de una generación que está llegando al mundo en un momento muy particular. Algunos la llaman Generación Beta, y aunque el nombre puede sonar a etiqueta de moda, en realidad apunta a algo más profundo: será de las primeras en nacer en un entorno donde la inteligencia artificial ya no se percibe como una promesa lejana, sino como parte del paisaje cotidiano. A diferencia de quienes tuvimos que acostumbrarnos poco a poco a internet, a los teléfonos inteligentes o a las redes sociales, ellos crecerán dentro de ecosistemas digitales en los que la tecnología estará tan integrada a la vida diaria como la luz, el agua o la electricidad. No van a aprender a vivir con ella. Van a crecer dentro de ella.

Esa transformación ya empezó, y uno de los lugares donde más claramente se deja ver es la escuela. Me parece imposible ignorarlo. Desde la llegada de la inteligencia artificial generativa en 2022, el sistema educativo ha pasado del rechazo y la desconfianza a una integración paulatina que, nos guste o no, parece difícil de detener.

Hoy ya vemos sistemas capaces de personalizar el aprendizaje, ajustar ejercicios al ritmo de cada estudiante y acompañar el estudio de una manera que antes habría parecido impensable. Ya no se trata solamente de un salón con cuarenta niñas y niños escuchando la misma explicación, sino de muchas experiencias ocurriendo al mismo tiempo. Y esto no es una exageración. En el CES 2026, celebrado en enero en Las Vegas, llamaron la atención propuestas como Luka AI Cube y Luka Robot, presentadas como acompañantes de aprendizaje para la infancia: una orientada a explorar el entorno, hacer preguntas y aprender a partir de lo cotidiano; la otra, más enfocada en la lectura interactiva y en convertir los cuentos en una experiencia de conversación. Más que una escena futurista, lo que se vio ahí fue una señal bastante concreta de hacia dónde se está moviendo la tecnología educativa familiar.

Pero la pregunta que a mí más me importa es otra: ¿qué pasa con todo aquello que una máquina no puede enseñar de verdad? Porque, por más sofisticado que sea un sistema, no puede sustituir la experiencia humana de aprender la empatía mirando el rostro de otra persona. No puede enseñar, en el sentido más profundo, lo que significa consolar a un amigo que llora, reconocer una herida que no se ve, asumir un error con humildad o medir el peso emocional de una palabra dicha a destiempo. Y quizá ahí está la paradoja de esta época: mientras más avanza la automatización, más valor adquieren las capacidades que nos hacen humanos, como la empatía, la comunicación, el pensamiento crítico, la creatividad y la inteligencia emocional. Tal vez el verdadero reto de esta nueva era no sea técnico, sino humano.

Esa generación crecerá rodeada de información incesante, estímulos permanentes y conexiones digitales que rara vez se detienen. Por eso sospecho que sus desafíos emocionales serán distintos a los que conocimos en otras generaciones. No me sorprende que cada vez más especialistas en educación y salud mental insistan en algo que antes habría parecido contradictorio: enseñar también a desconectarse. A guardar silencio. A convivir sin pantallas. A jugar sin algoritmos. A tolerar el aburrimiento. A mirar un árbol sin sentir la necesidad de convertir ese instante en contenido. En un futuro hiperconectado, leer un libro en papel, conversar sin prisa o pasar tiempo en la naturaleza podría convertirse en una forma de cuidado emocional necesaria.

Quizá ahí está, en realidad, la responsabilidad más grande de padres, madres, docentes y de cualquier persona que acompañe a la infancia. No será enseñarles a usar la tecnología, porque probablemente eso lo harán con una naturalidad sorprendente, sino ayudarles a no perderse dentro de ella. Enseñarles que el valor de una persona no depende de un algoritmo, que el silencio también dice cosas y que lo imperfecto no solo tiene dignidad, sino también belleza. Esa niña que nació este año crecerá rodeada de asistentes virtuales, robots educativos y sistemas capaces de registrar sus hábitos con una precisión asombrosa. Tendrá herramientas que generaciones anteriores ni siquiera imaginaron. Pero aquello que realmente va a definir quién es —su carácter, su compasión, su capacidad de caer y volver a levantarse— seguirá dependiendo de algo que ninguna inteligencia artificial ha logrado replicar por completo: el amor humano, imperfecto, paciente y real.

Y creo que, en medio de tantos avances, eso podría seguir siendo lo más importante de todo.

La niñez y la IA

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