
Quién soy...
Mi nombre es Meliza Sandoval Laureano. Nací en Tlalnepantla — Que significa 'En Medio de la Tierra', en Nahuatl—, Estado de México. Mi infancia transcurrió ahí, pero a los 19 años migré con mi madre a Estados Unidos, a la ciudad de Los Ángeles, para mi, fue otro mundo. Llegué con la única intención de progresar; aprendí otro idioma, estudié la preparatoria y trabajé hasta llegar a casa arrastrando los pies de cansancio. Pero nada me detenía: era joven y absorbía todo lo que pudiera aprender. Hasta la fecha, sigo estudiando y adaptándome a nuevos retos.
Recuerdo que, desde niña, me llamaba mucho la atención la tecnología. A los 9 años, mi primera creación fue un robot que caminaba y movía las cejas, hecho con lo que otros llamarían 'basura' que encontré fuera de mi casa: partes de DVDs inservibles, una videocasetera vieja y un batimóvil de juguete de mi hermano menor que ya no encendía. Para mí, no era basura, era un tesoro: herramienta y materia prima para crear algo nuevo.
Recuerdo que aprendí a usar una computadora a los 15 años, allá por el año 1995. En esa época, sentarse frente a uno de esos monitores inmensos era un privilegio reservado para muy pocos, especialmente viviendo en un país al que muchos etiquetan como tercermundista (pero al que yo amo con toda la sangre de mis venas: mi México bello). Para poder acercarme a esa tecnología, tomé todos los ahorros que tenía guardados para comprarme un cambio de ropa y unos zapatos, y pagué un curso. Ese fue mi sacrificio y mi boleto de entrada a un mundo nuevo. Desde entonces, la curiosidad ha formado parte de mí; quería entender cómo funcionaban las cosas y cómo podía crear algo propio.
Crecí entre amigas y amigos que con el tiempo se volvieron familia. Compartí risas, sueños y momentos que aún guardo con cariño. Pero también conocí el otro lado de la vida: la traición, el rechazo, el abandono y la humillación más cruel. Experiencias que, aunque dolieron profundamente, fueron moldeando mi carácter.
Sin embargo, hubo una ruptura que marcó mi vida para siempre: la separación de mis hijos.
Ese momento no solo cambió mi realidad… cambió mi forma de ver el mundo. Me enfrentó al dolor más profundo que puede experimentar una madre, el lugar más oscuro que, a mi perspectiva, pueda existir. Viví ausencias que no se explican, silencios que pesan y una lucha constante por mantenerme de pie cuando todo dentro de mí quería rendirse.
No lo hice. Elegí quedarme, resistir, reconstruirme.
Mi camino no ha sido lineal. He tenido que empezar de cero más de una vez. Trabajé en distintos lugares, aprendí lo que pude, como pude, y con lo que tenía. No tuve una formación tradicional, pero nunca dejé de aprender. Cada experiencia fue una escuela; cada reto, una oportunidad para crecer.
En medio de ese proceso, encontré mi voz.
La comunicación llegó a mi vida como una necesidad, como una forma de entender y expresar lo que llevaba dentro. Así nació mi camino en el periodismo. Me preparé, tomé diplomados, estudié ética periodística y entendí que informar no es solo transmitir hechos, sino hacerlo con responsabilidad, humanidad y conciencia. Con el tiempo, fundé Costa Norte Digital, un medio que representa no solo mi trabajo, sino mi visión: un periodismo con propósito.
Mi trayectoria me ha llevado a formar parte de organizaciones periodísticas a nivel nacional e internacional, espacios donde he encontrado comunidad, aprendizaje y crecimiento. Pero más allá de los logros profesionales, lo que realmente me define es mi historia.
Soy una mujer que ha vivido pérdidas, pero también encuentros. Que ha conocido la oscuridad, pero ha decidido ser luz. Que sigue en duelo por el tiempo que no pudo abrazar a sus hijos, pero que ha transformado ese dolor en motor para seguir adelante.
Hoy, además, continúo mi formación académica como estudiante de Ingeniería en Sistemas Computacionales, una carrera que siempre soñé con estudiar y que hoy, a mis 46 años, estoy cursando; es, por fin, mi sueño hecho realidad. Porque creo en la evolución constante y en la importancia vital de integrar la tecnología en la vida diaria y seguir construyendo el futuro.
Mi voz vive en cada espacio que creo: en mi columna, en mis podcasts, en mis vodcasts. Y también en cada mujer que, al escuchar o leer mi historia, se reconoce. Porque entendí que lo que vivimos no nos define… pero sí puede impulsarnos.
Y si algo tengo claro es esto:
Mi historia, ya no busca confrontar al mundo, busca encender luces en él.
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